Dignidad del Medico

29.08.2010 09:03

 

Dignidad del Médico

 Federico Ortiz Quesada

 San Luis Potosí - Viernes 26, Abril 2002

 Digno es la persona merecedora de algo. Dignidad es la cualidad de digno cuando existe excelencia, realce; gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse. Dignatario es aquella persona revestida de una dignidad. Indigno es aquel que no tiene mérito ni disposición para algo. Las anteriores definiciones, tomadas del Diccionario de la Lengua Española, son necesarias ante la necesidad de esclarecer las razones de la dignidad médica, las cuales se cumplen en el momento que respetamos nuestra profesión. Seguimos al pie de la letra la Oración a la Dignidad del Hombre de Juan Pico de la Mirándola, pues somos artífices de nosotros mismos y de nuestro ejercicio profesional, esencia del humanismo. Siempre y cuando otorguemos excelencia, realce; gravedad y decoro a la práctica que profesamos: la medicina.

 Pero para entender la dignidad que nos envuelve y que está en nosotros, no fuera, considero necesario definir a la medicina, caracterizarla. Es necesario señalar lo que nuestra práctica es y lo que no es como teoría y práctica complejas. En primer lugar, la medicina tiene uno de los discursos más antiguos de la humanidad: el alivio de la enfermedad, del dolor y la prevención de la muerte. En segundo lugar, es el estudio científico de la mente y cuerpo del ser humano. En tercer lugar, es la puerta de salida de todos los descubrimientos científicos técnicos. En cuarto lugar, es el resultado del pensamiento científico racional en torno al hombre y sus circunstancias. En quinto lugar es una disciplina vinculada a la filosofía y el arte. En sexto lugar, se identifica con el cambio y el cuestionamiento constantes. En séptimo lugar, la esencia de la medicina sigue siendo la relación médico paciente. En octavo lugar, es una práctica necesariamente ética. Todas las particularidades anteriores la han hecho avanzar rápidamente, por encima de otras disciplinas, y sus éxitos la ubican en una situación de cambio constante, lo cual equivale a colocarla en una permanente crisis.

 Por otro lado, la medicina no es ciencia en sí misma, me refiero a la ciencia positivista, dura. Esta propiedad, que algunos le atribuyen, se debe al impacto que la ciencia ha tenido en nuestras vidas y a los logros de la misma que han modificado la visión de las últimas dos generaciones de médicos, esto es 60 años, por lo cual les es difícil disociar la medicina de la ciencia. Pero, veamos las razones por las cuales la medicina no es ciencia. Primero, porque la ciencia y sus métodos carecen de valores, es decir, lo que sucede en la naturaleza no es bueno ni malo, simplemente es. La medicina, en cambio, está basada en una tradición histórica de valores que determinan su práctica y que se expresan en la bioética actual. La ciencia no se basa en calidades tales como dolor, sufrimiento, bienestar, malestar, alivio, gozo, alegría, y otras, que imperan en la práctica médica, sino en hechos cuantificables. Más aún la ciencia trata con generalidades que se vuelven leyes que son, cuando se establecen, incontrovertibles; mientras que la medicina trata con seres humanos, con personas diferentes unas de otras.

La medicina y la ciencia están íntimamente unidas, es cierto, nos apoyamos en la ciencia y en sus métodos, pero nuestra práctica no puede, ni debe, ser reducida a la ciencia porque ésta es reproducible y precisa. En cambio, la medicina, sobre todo en su práctica, es imposible de reproducir, cada caso es distinto, no hay enfermedades, hay enfermos. La medicina es imprecisa, lo que es bueno para Juan puede no serlo para Pedro. El haber concebido a la medicina como una ciencia reproducible ha hecho que las instituciones asuman esto como verdad y le han quitado al medico su individualidad al no tomar en cuenta la experiencia. Esta es una de las razones por las cuales el médico se ha convertido en un número, en una cifra, en un obrero fácilmente sustituible. La medicina es algo más que la ciencia, es experiencia, arte, filosofía, carisma, sobre todo en la relación médico paciente la cual tiene más de arte que de ciencia, como la cirugía que es un proceso artístico el cual tiene mucho de artesanía.

 Además, la medicina no es comercio y se debe evitar la sed de lucro. Un bello mito así lo ilustra. Esculapio, fue un gran médico y, gracias a la sangre de la Gorgona –que le regaló Atenea– y a las propiedades de una planta que una serpiente le había obsequiado, Esculapio pudo resucitar a los muertos. Pronto los infiernos comenzaron a despoblarse y Hades se sintió tan ofendido que fue a quejarse con Zeus. Sin embargo poco se pudo hacer frente a la sabiduría, hasta que un día Esculapio cometió el error de cobrar por volver a la vida a una persona y Zeus le envió una centella que lo mató. Este mito griego deja dos lecciones: no se deben transgredir las leyes de la naturaleza ni las de la moral, es decir, los mortales deben seguir su destino y el médico no debe lucrar. 

 La medicina, desde sus orígenes, ha hecho hincapié en que la responsabilidad del médico está por encima de sus intereses económicos. En esos términos prescribe el juramento de Hipócrates, en el siglo V a. C., Moisés Maimónides en el siglo XII, y la Organización Médica Mundial en la actualidad: “un médico debe practicar su profesión sin permitir la influencia de motivos de lucro.” Por eso, entre otras cosas debe impedirse la consideración por parte de médicos y enfermos acerca de la salud como mercancía. Así pues es fácil observar que, son estas propiedades de la medicina, lo que es y lo que no es, las que hacen que su comprensión cueste trabajo para propios y extraños. 

 Desde el inicio de la historia, la medicina ha sido una práctica difícil por incomprendida. Esto se muestra con elocuencia en la carta atribuida a Esculapio, dios de la medicina, que le dirige a su hijo y que dice así: “¿Quieres ser médico hijo mío? Aspiración es ésta de un alma generosa, de un espíritu ávido de ciencia. ¿Deseas que los hombres te tengan por un dios que alivia sus males y ahuyenta de ellos el espanto? ¿Has pensado bien en lo que ha de ser tu vida?

 Tendrás que renunciar a la vida privada; mientras que la mayoría de los ciudadanos pueden, terminada su tarea, aislarse de los inoportunos, tu puerta quedará siempre abierta a todos. A toda hora del día o de la noche vendrán a turbar tu descanso, tus placeres, tu meditación. Ya no tendrás horas que dedicar a la familia, a la amistad o al estudio, ya no te pertenecerás. Tu vida transcurrirá a la sombra de la muerte, entre el dolor de los cuerpos y el de las almas, entre los duelos y la hipocresía que calcula a la cabecera de los agonizantes; la raza humana es un Prometeo desgarrado por los buitres. Te verás solo en tus tristezas, solo en tus estudios, solo en medio del egoísmo humano. Ni siquiera encontrarás apoyo entre los médicos que se hacen sorda guerra por interés o por orgullo. Únicamente la conciencia de aliviar males podrá sostenerte en tus fatigas. Piensa mientras estás a tiempo.

 Pero si, indiferente a la fortuna, a los placeres de la juventud, si sabiendo que te verás solo entre las fieras humanas, tienes un alma bastante estoica para satisfacer con el deber cumplido; si te juzgas bien pagado con la dicha de una madre, con la cara de un niño que sonríe porque ya no padece, o con la paz de un moribundo a quien ocultas conocer la llegada de la muerte; si ansías conocer al hombre y penetrar todo lo lógico de su destino: ¡Hazte médico hijo mío!”

 Las anteriores palabras son una muestra de la admiración que se tenía en la antigua Grecia por la medicina, disciplina que, al unir mano y cerebro, se constituyó como representante de las ciencias del hombre. Aristóteles señalaba que se podía estudiar filosofía y al final percatarse que lo que se estudiaba era medicina y viceversa. Hipócrates sentenciaba: “Iatros philosophos isotheos”, el médico que al mismo tiempo es filósofo es semejante a los dioses. Aprecio, por una práctica, que descuella en el cristianismo con la figura del Cristo médico, en vírgenes como la de Guadalupe a la que se considera Madre de la Salud y en diversos santos y seres superiores con capacidad de alivio. Pero, bien visto, han sido todas las culturas las que han puesto en las manos del médico el milagro de la curación.

 Un famoso escritor, Albert Camus, Premio Nóbel de Literatura 1957, en su novela La peste, nos habla de quienes: “a pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que, no pudiendo ser santos pero rehusando estar del lado de las calamidades, se esforzaban en ser médicos.” Es decir, para el novelista francés, el médico está a medio camino de la santidad,  y la medicina se asume como el paradigma de todas las profesiones.

 Por lo anterior es necesario preguntar: ¿luego entonces a que se debe que la popularidad del médico esté a la baja en la sociedad contemporánea? ¿Cuáles son las causas por las que el papel del médico sea cuestionado, en ocasiones censurado, cada vez con mayor frecuencia por el público, los medios de comunicación, el gobierno? A esto hay que responder señalando que hay razones de fondo y otras de forma porque, como señalé al principio, la medicina es una disciplina que suele ser incomprendida hasta por aquellos que se dedican a ella, lo cual se debe a que tiene uno de los discursos más largos de la historia y hunde sus raíces en la magia, la religión, la ciencia, el arte, la filosofía. Esta complejidad, es necesario reconocerlo, no se ha dado a conocer, entre profesionales y legos, es decir, lo que realmente es la medicina y el trabajo que cuesta aprender esta disciplina, se desconoce. En nuestra profesión, la experiencia es maestra de la vida como dijo Goethe, pero son pocos los miembros de la sociedad los que lo saben

 Existen muchas causas que provocan rechazo a la práctica de la medicina, las cuales suelen ser irracionales pero que podemos catalogar como: filosóficas, psicológicas, epistemológicas, históricas, económicas, administrativas, sociales, políticas y otras, que explican este fenómeno, de rechazo o censura, a una práctica que es, individual y socialmente, necesaria. Comprendiendo la etiología de esta condena, podremos actuar para evitar ser juzgados acremente por la sociedad en que vivimos. Sin embargo, hasta ahora hemos cerrado los ojos a la divulgación de este conocimiento, lo cual es de la máxima importancia en nuestra práctica, preferimos saber biología molecular a conocer el lado humano de quienes acuden con nosotros. Y es esta falta la que nos está causando problemas. A pocos les interesa conocer el funcionamiento de sus átomos, a todos les preocupa saber por qué sienten lo que sienten. El paciente que tratamos es un ser humano que exige ser tratado como tal, a nadie le gusta ser manipulado como sustancia química alterada. Además, más de dos terceras partes de las dolencias están íntimamente relacionadas con el aparato psíquico.

 Un ejemplo de este bloqueo de visiones lo tenemos en el tratamiento de la disfunción eréctil. Sabemos que el neurotransmisor Guanosín Monofosfato Cíclico (GMPc), relajante del músculo liso de las arterias y los cuerpos cavernosos, provoca erección peniana y que esta sustancia, la responsable del fenómeno eréctil, se inhabilita por la acción de la enzima fosfodiasterasa tipo 5 y que el citrato de sildenalfil la inhibe provocando erección. Por lo tanto, nos vamos por el lado facial y preferimos recetar sildenafil a estudiar el fenómeno amoroso en nuestros pacientes afectados de impotencia sexual. Hemos caído en la mercadotecnia de la industria químico farmacéutica y al hacerlo menospreciamos la experiencia clínica.

 Aun cuando la medicina ha sido definida como la más humana de las artes, la más artística de las ciencias, la más científica de las humanidades, los médicos suelen menospreciar otras disciplinas que no sean la suya. Con ello olvidan lo humano y enfocan su atención, reduciéndola, a lo biológico del hombre. Estos profesionales piensan que la medicina es autónoma, sin darse cuenta que la medicina es resultado de los diversos conocimientos que la humanidad ha aportado. “Pobre del que pretenda aislar una parte del conocimiento del resto del saber... –escribió Jules Michelet– la ciencia es una: las lenguas, la historia y la literatura, la física las matemáticas y la filosofía, las materias más alejadas en apariencia unas de otras, se encuentran en realidad relacionadas o, mejor dicho, forman todas ellas un solo sistema.” Esto, dicho en el en el siglo XIX, es dentro del terreno médico actual más vigente que entonces.

 Las causas psíquicas del reproche al médico suelen ser producto de un pensamiento ilógico. El enfermo, con frecuencia hace demandas que no corresponden a la realidad pues suele ver al médico como una deidad que debe cumplir los pedimentos del paciente. A la manera de Tlazolteotl, la diosa indígena de las inmundicias, pues cuando no cumplía lo que le solicitaban se le cubría con excremento. Por otro lado cuando se obtienen los resultados deseados se le escatima al médico el éxito. A todos ustedes consta el dicho: “si se alivió fue la virgen, si se murió fue el doctor.” Pero, la demanda excesiva, deseo del deseo, suele ser fomentada por los mismos médicos y los medios de comunicación masiva. Un caso muy elocuente al respecto se observa en la práctica de la cirugía y dermatología cosméticas que pretenden embellecer lo feo. Por lo que es aconsejable agregar sensatez a nuestra práctica.

 Al mismo tiempo, el médico asume con soberbia la posibilidad de curar todo. Tal profesional considera que lo suyo es una ciencia capaz de reestablecer la normalidad, sin percatarse que son numerosos factores los causantes tanto de la enfermedad como de su alivio. Los antiguos griegos lo sabían, por eso señalaban el vis medicatrix naturae, es decir que el médico es auxiliar de la naturaleza como se observa en el 80% de las dolencias. Los griegos también hablaban de la forzosidad de ciertas dolencias, ananké, que siguen su curso sin que el médico pueda alterarlo. Esto lo observamos en el cáncer diseminado, ante múltiples padecimientos neurológicos, frente a numerosas enfermedades degenerativas, lo cual debería obligarnos a ser más cautos y humildes, pero no lo somos, como dan testimonio fehaciente los cirujanos de corazón.

 Debemos aceptar, plenos de humildad, que la práctica médica está llena de incertidumbre pues hay mucha ignorancia del proceso científico médico que suele ser tortuoso. Lo que hoy es cierto, antes de cinco años modificará su importancia o será desechado por obsoleto en más del 50% de los casos. Tanto así que podemos constatar lo dicho por Miguel de Unamuno: recorremos “un cementerio de ideas muertas.” La sola idea de que la ciencia médica sea incierta, suele ser rechazada por dolorosa, pero esa es la realidad. Por eso se está poniendo de moda una medicina basada en evidencias. Pero, aun esta corriente de pensamiento médico no está exenta de incertidumbre como lo demuestra la controversia reciente, entre clínicos y expertos en bioestadística, en el caso de las mamografías.  

 Sin embargo, todos suponen que lo sabemos todo. La imagen del médico es la de una autoridad todopoderosa que infunde temor reverencial al enfermo. Esta realidad, la de la relación con la autoridad, fue descrita por Sigmund Freud quien nos habló de la transferencia que se da en la relación médico paciente y a la cual hemos prestado poca atención en nuestros consultorios pues vemos al enfermo en su exclusiva dimensión biológica. El doliente llega con una biografía personal cargada de éxitos y frustraciones, alegría y tristezas, amor y odio en espera de que el médico resuelva todos sus problemas y solemos reducirlo a un órgano.

 La falta de conocimiento de esta realidad ha provocado que muchos médicos sean severamente censurados y en ocasiones vulnerados en su persona física. Recuerdo el caso de un urólogo que operó a un paciente de cáncer de próstata avanzado quitándole los testículos, es decir, le efectuó una orquidectomía bilateral. Cinco semanas después, el paciente lo esperó a la salida del hospital disparándole cinco tiros. Al médico en cuestión le faltó explicarle, las razones de esa cirugía, a su paciente y esperar por su consentimiento. El urólogo desconocía la violencia enquistada en el alma de su enfermo.

 Por otro lado, ignoramos las causas que nos llevan a ser médicos; por más que en las 72 escuelas de medicina del país se hagan estudios psicológicos de ingreso pues estos se hacen con el fin de detectar alguna anomalía mental. Así, no sabemos porqué unos se inclinan a la cirugía, otros a la medicina interna, algunos a la ginecología, muchos a la pediatría. A lo más, hacemos bromas al respecto y con ello ocultamos la realidad del ser médico que tiene aspectos relacionados con el altruismo, la generosidad, la compasión y otros rasgos caracterológicos que apenas hoy comienzan a ser investigados por la ciencia.

 Por si lo anterior fuera poco, no tomamos en cuenta los cambios psíquicos que nos provocan ciertas prácticas. Un buen ejemplo es la permanente angustia en la que viven quienes se dedican a la terapia intensiva; sus sueños son reveladores del terror que nos habita. Recuerdo que cuando era residente en el The New York Hospital, practicaba con frecuencia exenteraciones pélvicas anteroposteriores y, con frecuencia también, soñaba que me ahogaba en un océano de sangre lo cual obviamente me impedía dormir bien. Ustedes deben conocer las pesadillas de los tanatólogos.

 La medicina es una profesión que lleva al síndrome de desgaste o agotamiento. Manifestaciones que provocan en nosotros 2 a 3 veces mayor número de suicidios que en la población general y una drogadicción 30 a 100 veces más frecuente. La depresión, los infartos, el stress, el alcoholismo, las ideaciones suicidas, son comunes entre médicos y a esto no le damos importancia, como si el trabajo excesivo, la enfermedad y la muerte, no nos afectaran. Y, bien sabemos que el hombre se convierte en lo que hace. ¿Nosotros que trabajamos con dolor, enfermedad y muerte, en qué nos convertimos? El médico residente que trabaja 36 horas con 12 de descanso, los absurdos turnos rotatorios, las largas guardias en los servicios de urgencia y otros aspectos del trabajo no convierten en autómatas. El aislamiento social y la privación de sueño alteran gravemente la función cerebral. Diversos estudios revelan que una persona que permanece de guardia, despierto más de doce horas, tiene serios problemas de atención, de concentración, de discernimiento.

 A pesar de lo cual, esta realidad de la cual nos quejamos con frecuencia, no amerita nuestra atención científica por lo cual se han hecho pocos estudios serios al respecto y las instituciones médicas de todo el mundo, continúan apoyándose en un trabajo cruel, por que no toma en cuenta las necesidades humanas del médico. Aquí se encuentra una de las raíces de la tan censurada deshumanización médica: si el médico no se asume como ser humano, es imposible que considere así a quienes le rodean. Pero esta realidad, no se investiga, dirigimos nuestro conocimiento al mundo exterior e ignoramos lo que sucede en el interior de nuestra práctica y de nosotros mismos. Debemos pues comenzar por estudiar el ejercicio médico con los instrumentos conceptuales que ya existen en la psicología y sociología laborales. Es necesaria una epistemología de la medicina.

 Respecto a la causalidad histórica, del menosprecio a la actividad del médico, es conveniente reconocer que nos encontramos en la época de la información y de la democracia. Tiempo que ha llevado a la divulgación del conocimiento de lo patológico por la Internet y al fortalecimiento de la autonomía individual. Así, por un lado el médico ya no es, como antaño fue, el receptor exclusivo del conocimiento de la enfermedad, razón primordial por la que acudían a consultarnos; hoy el enfermo conoce todo lo concerniente a su enfermedad a través de los medios de comunicación. 

 Por otro lado, la autonomía individual ha hecho, junto con lo anterior, que la relación médico paciente se modifique, el médico ya no puede ser el personaje autoritario de ayer. Este es el rasgo distintivo de la relación médico paciente actual. El médico comienza a ser juzgado, evaluado, calificado, a la luz de nuevos instrumentos. Pero estas son herramientas que también nosotros podemos utilizar mejor pues hemos sido educados en ellas. No debemos temer a la información sino emplearla adecuadamente. No debemos rehusar la autonomía del individuo sino usarla en nuestro beneficio. También nosotros somos seres humanos que no hemos tomado en consideración suficiente nuestras necesidades. Es pues el momento de liberarnos de las imposiciones ideologizadas del pasado.

 Las razones económicas de la pérdida de estima médica son múltiples. La principal se debe a los altos costos de la atención médica. Elevación de los precios de los cuales no somos responsables ya que estos se deben a la reciente industria de la salud. Como resultado hay una la caída del ingreso del médico que es consecuencia de múltiples factores. La crisis económica que ocupa buena parte de la segunda mitad del siglo pasado y los primeros años de este así como la reciente recesión. Un aspecto sumamente importante es el de la sobrepoblación y mala distribución del médico. Existen 200 mil médicos en el país, con un ingreso anual de nuevos médicos de 8 mil, lo cual contribuye a un exceso de oferta que, necesariamente, disminuye el interés por los médicos. En este terreno, no hemos sido capaces de regular la oferta con la demanda y presenciamos impávidos el desempleo médico.

 El campo de la economía de la salud se ha visto deformado por el surgimiento de la industria de la salud que ha desplazado al médico del lugar central que antes ocupaba. Esta industria que está integrada por los seguros médicos, la químico farmacéutica, la de material y equipo, la de hospitales, la de transporte médico, se apoya en el médico para su beneficio. Es decir, el médico, día a día, se convierte en un trabajador asalariado mal pagado. La ignorancia del médico en este terreno permite que económicamente sea explotado, de muy diferentes modos, sin que él se de cuenta pues carece de advertencia la respecto. Carlos Marx, antes que nosotros, lo señaló en el siglo XIX cuando dijo: “La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al sabio, los ha convertido en sus trabajadores asalariados.”

 Conforme se desarrolló la industria de la salud, se integraron diversas corrientes administrativas para manejarla. Lo cual tiene lógica cuando se refiere a la administración de las cosas. Sin embargo, contra todo raciocinio, se intentó pasar a la administración del acto médico. El método de tiempos y movimientos ideado por Frederick Winslow Taylor, a principios del siglo XX, y que fue impugnado por los legisladores norteamericanos en la década de los treintas, se adaptó a la consulta médica en el Instituto Mexicano del Seguro Social desde hace cincuenta años, lo cual ha provocado insatisfacción en médicos y enfermos. Ahora, en este sexenio, con el mismo, o mayor disparate, se pretende aplicar programas de calidad ofrecidos por personal administrativo a los médicos. Sólo que, en este segundo caso el fracaso fue inmediato. No es posible cuantificar la relación médico paciente. ¿Cómo se mide el altruismo?

 Referente a las causas sociales, del deterioro de la imagen médica, estas tienen que ver con tres factores. El primero se debe al aislamiento del médico de la sociedad. No queremos participar en política, en arte, en filosofía, en literatura, pues se invoca, como argumento, que se está muy ocupado. La vida del médico transcurre entre las cuatro paredes del consultorio, del quirófano, del laboratorio, de los pasillos del hospital. Así no se participa en el cambio social. El exacerbado individualismo médico “por interés u orgullo” nos está dañando en una época que requiere de trabajo en equipo. La segunda tiene que ver con la visión de la prevención que privilegió la salud pública por encima de la medicina. No cabe duda que la prevención es primordial pero también lo es la curación individual y social. La tercera se refiere a la medicina social que ha estado ideologizada políticamente por un largo tiempo. Dentro de esta última visión al médico se le concibe como uno más de los trabajadores de la salud ignorando su preparación, esfuerzo, conocimientos.

 Las razones de orden político que han propiciado la marginación del médico se deben a la lucha por el poder. El médico, desde siempre, ha sido un líder natural de las comunidades y esto provoca recelo entre quienes detentan el poder. Michael Foucault señaló que los movimientos médicos preceden a los sociales y esto quedo muy claro en la lucha por las reivindicaciones médicas de 1965 que anticipó el 68. Lo mismo acaba de pasar en Venezuela. Además, el médico, como señaló Rodolfo Virchow, es el abogado natural de los pobres y grandes revolucionarios han sido médicos. En México, Valentín Gómez Farías; en Chile, Salvador Allende; en Cuba, Ernesto Che Guevara; en China, Lu Sin; en Francia, el argelino Franz Fannon; en fin, en todo el mundo ha habido grandes médicos preocupados por la miseria, la verdadera enfermedad, y esto choca con el poder establecido.

 A lo largo de la historia hemos observado los diferentes rostros del médico: brujo, filósofo, cristiano, científico, revolucionario; facetas todas que configuran el rostro del médico de hoy lanzado como siempre en pos de una utopía: la de un mundo sin enfermedad. Una leyenda celta que cuentan los druidas refiere que los dioses se reúnen cada mil años para decidir el destino de los hombres. En uno de aquellos encuentros se escucharon, al doblar la noche con el día, los lamentos de una madre que recién había visto morir a su hijo. Los gritos retumbaban por todo el universo. Tan grande era el dolor de la mujer que los dioses se conmovieron y decidieron, plenos de misericordia, que el dolor, la enfermedad y la muerte deberían tener un remedio; fue así como crearon al médico, el hombre que combate el infortunio, para que cuidara a su principal creación. Sabían que, pasado el tiempo, el hombre sería como ellos. Así crearon al médico dios que en algún tiempo pensó en matar la muerte.

 Hoy día arribamos a un mundo nuevo donde la medicina ocupa un lugar preponderante pues las tres corrientes que inauguran el siglo XXI son: la Genética, la Robótica y la Bioética, las cuales van a provocar una práctica médica más deslumbrante aún. Pero, debemos acompañar esta nueva medicina con la reflexión necesaria para superar nuestra práctica. El médico, ser que se caracteriza por la compasión, el altruismo, la generosidad, seguirá siendo central en toda sociedad. El médico, es el personaje a rescatar en el siglo que inauguramos pues es el conservador de la especie humana y de su empecinado ímpetu de eternidad. El médico que, a pesar de los avatares que lo afectan, se asume como factor de transformación al servicio de la humanidad. De nuevo, ante la crisis de la historia, en pos de una utopía.